En muchas conversaciones, después de una conferencia o en un café tranquilo, alguien se me acerca con cierta timidez y me dice: “Cipri, creo que mi red es muy pequeña. No conozco a tanta gente. Mi capital social debe valer poco.”
Suelo escuchar esa frase con cariño, porque durante años yo también me conté algo parecido.
Pensaba que las relaciones valiosas eran las que estaban en constante movimiento, las que sonaban, las que aparecían todo el tiempo.
Creía que necesitaba más contactos, más accesos, más “actividad”.
Hasta que entendí algo que transformó mi forma de mirar a las personas: mi red no era pequeña; simplemente estaba mirándola mal.
Una confusión muy extendida
Vivimos en una cultura que confunde visibilidad con valor.
Se premia lo que hace ruido, no lo que sostiene.
Y así, poco a poco, muchos empezamos a mirar nuestra red desde lo superficial:
el número de contactos, la inmediatez de las respuestas, la frecuencia de interacción.
Esa mirada crea una ilusión peligrosa:
la idea de que solo lo reciente, lo intenso o lo habitual es valioso.
Pero la mayoría de las personas no tienen una red pobre.
Lo que tienen es una red dormida, no reconocida, subestimada.
Cuando reduzco una relación a un “contacto no activo”, estoy juzgando la historia únicamente por el presente.
Dejo fuera todo lo vivido, la confianza sembrada, las ideas compartidas o los valores que nos unieron en algún momento.
Y ahí, precisamente ahí, es donde se esconde el verdadero capital social.
Qué dice la investigación (con fuentes fiables en castellano)
Hay dos líneas de investigación que ayudan a desmontar esta mirada incompleta.
- La teoría de los lazos débiles
El sociólogo Mark Granovetter explicó en su estudio La fuerza de los lazos débiles que las oportunidades profesionales —empleo, información, colaboraciones— suelen venir de personas con las que no mantenemos contacto constante, pero con quienes sí existe un vínculo real.
Aquí tienes una explicación clara en castellano del propio concepto, publicada por la Universidad Complutense de Madrid:
https://revistas.ucm.es/index.php/POSO/article/view/POSO0000130041A?
La conclusión es poderosa:
no son tus relaciones más activas las que más transforman tu vida, sino aquellas que conectan mundos distintos y crean puentes inesperados.
- El Estudio de Harvard sobre Desarrollo Adulto
Diversos análisis divulgados en español sobre el Harvard Study of Adult Development, considerado el estudio longitudinal más extenso sobre bienestar, coinciden en una conclusión que a veces olvidamos: la calidad de nuestras relaciones es el indicador más fiable de salud y longevidad que factores como los ingresos o el estatus social.
En un artículo publicado por Medscape en español, los responsables del estudio afirman que las personas que mantienen vínculos sólidos —no necesariamente numerosos, sino significativos— presentan mayor estabilidad emocional, mejor salud física y una sensación de propósito más clara a lo largo de su vida.
Fuente: https://espanol.medscape.com/verarticulo/5911118
La evidencia apunta a algo muy claro:
tu red vale más de lo que crees porque no se mide por actividad, sino por profundidad, historia y sentido compartido.
Las tres dimensiones que dan forma a tu verdadero capital social
Con los años, he aprendido a ver la red no como un listado, sino como un sistema vivo compuesto por tres capas:
- Capital estructural
Es la arquitectura de tus relaciones.
Incluye a todas las personas a las que puedes llegar con un mensaje directo, con un intermediario o gracias a una historia previa.
No se trata de frecuencia, sino de accesibilidad real.
- Capital relacional
Es la calidad emocional del vínculo.
La confianza generada, la experiencia compartida, el respeto que se ha construido con los años.
A veces vida y agenda se alejan, pero la confianza permanece.
- Capital cognitivo
Es la sintonía.
Los valores que unieron, la visión que compartiste en algún momento, la forma parecida de entender el mundo.
Esa afinidad puede dormirse, pero no desaparece.
Cuando miras tu red con estas tres lentes, algo cambia.
Dejas de ver “nombres inactivos” y empiezas a ver relaciones vivas en distintos momentos de maduración.
Tu capital no se divide entre “me sirve / no me sirve”, sino entre “despierto / dormido”.
Por qué subestimamos lo que ya tenemos
Hay tres razones principales:
- Porque medimos solo lo visible
Creemos que solo nos sostiene lo que está cerca.
Y olvidamos que muchas de las oportunidades importantes aparecen desde la periferia, no desde el centro.
- Porque infravaloramos la historia compartida
Lo vivido deja huella.
Incluso cuando no lo nombramos.
Una conversación honesta puede convertirse, años después, en un puente inesperado.
- Porque no hemos aprendido a leer nuestra red
A nadie nos enseñaron a ver la dimensión estratégica y emocional de los vínculos.
Nos enseñaron a acumular contactos, no a comprender relaciones.
Y así, lo que en realidad es un bosque, lo vemos como una lista.
Una lista que parece corta…
cuando en realidad está llena de raíces, de caminos, de posibilidades.
Cuando cambia la mirada, cambia la vida
He visto a personas desbloquear proyectos que parecían imposibles.
He visto colaboraciones nacer de encuentros que habían ocurrido hacía más de una década.
He visto cómo una red silenciosa se convertía en una red generosa en cuanto la persona dejaba de mirarla como un Excel y comenzaba a verla como un territorio lleno de historia.
Nada de eso apareció de repente.
Ya estaba allí.
Solo necesitaba ser reconocido.
Esa es una de las ideas más hermosas que he aprendido en treinta años de caminar entre personas:
la red no crece cuando sumas más nombres, sino cuando ves mejor a los que ya forman parte de tu vida.
Una invitación final
Si al leer esto has sentido que quizá tu red vale más de lo que pensabas, te propongo algo sencillo:
Tómate un rato para mirar tu agenda con otros ojos.
No para buscar “quién te sirve”, sino para recordar “qué historia os une”.
Quién estuvo.
Quién confió.
Quién sembró algo contigo, aunque fuese pequeño.
Quizá descubras que tu próximo paso no está en conocer a más gente…
sino en volver a ver a quienes ya te conocen.
Tu capital social no empieza fuera.
Empieza dentro.
Y cada vez que decides mirarlo con más conciencia, algo en tu vida se ensancha.
Si este tema te ha resonado, quizá sea un buen momento para preguntarte:
¿qué relación quiero despertar hoy?


