Vivimos en una época en la que casi todo nos empuja a pensar que aún no hemos llegado. A creer que la vida empieza un poco más adelante. Este artículo no es una invitación a conformarse ni a renunciar a crecer. Es una pausa consciente para revisar desde dónde estamos viviendo, qué lugar ocupa el ego en nuestra insatisfacción diaria y por qué, quizá, hemos dejado de valorar esas pequeñas cosas que, sin hacer ruido, sostienen la vida.
Aprendimos a mirar la vida desde la carencia
Si escucho con atención muchas conversaciones —y también muchos silencios— aparece siempre la misma música de fondo: cuando tenga esto, cuando llegue ahí, cuando consiga aquello.
No es algo que nos hayan enseñado de forma explícita, pero lo hemos aprendido muy bien. Hemos normalizado vivir pendientes de lo que falta. De lo que aún no somos. De lo que todavía no tenemos.
Y así, poco a poco, entrenamos una forma de estar en el mundo que gira alrededor de la carencia. No porque nos falte todo, sino porque hemos colocado el foco justo ahí. En la ausencia. En la comparación. En la sensación de no ser suficientes todavía.
El problema no es aspirar a más. El problema aparece cuando esa aspiración se convierte en una manera de desautorizar el presente. Cuando no somos capaces de reconocer lo que ya está vivo, funcionando, latiendo.
El ego nunca se conforma… y nunca descansa
El ego no es malo. Es una parte de nosotros. El conflicto aparece cuando le dejamos dirigir la vida sin cuestionarlo.
El ego siempre necesita un siguiente escalón. Cuando alcanzas uno, ya está señalando el siguiente. No se detiene a integrar lo vivido. No celebra el camino. No agradece.
Por eso tantas personas, incluso alcanzando metas que antes consideraban suficientes, siguen sintiendo vacío. No porque hayan fracasado, sino porque han puesto su bienestar en manos de una lógica que nunca se sacia.
El ego vive en el cuando tenga.
La vida ocurre en el ahora.
Y mientras no distinguimos una cosa de la otra, la insatisfacción se vuelve compañera habitual.
Tener cosas no es lo mismo que habitar la vida
En algún momento confundimos prosperar con acumular. Más logros. Más experiencias visibles. Más reconocimiento. Más posesiones.
Y ahí sucede algo delicado: empezamos a evaluar la vida en lugar de vivirla. A medirla por lo que mostramos, no por lo que sentimos. Por lo que poseemos, no por cómo nos relacionamos.
Incluso teniendo salud, tiempo y personas cerca, aparece una sensación persistente de “no es suficiente”. Porque siempre hay alguien con más. Siempre hay algo nuevo que alcanzar.
No porque la vida sea pobre, sino porque la mirada se ha desplazado.
La ciencia lleva tiempo señalando lo mismo
Esto no es solo una reflexión personal. La investigación lleva décadas observando este fenómeno.
Uno de los estudios más importantes sobre bienestar es el conocido Estudio de Desarrollo Adulto de Harvard, liderado por la Universidad de Harvard y seguido durante más de 80 años. Sus conclusiones, explicadas en numerosos artículos en castellano, son claras: las relaciones humanas de calidad son el factor que más influye en una vida larga, sana y satisfactoria, muy por encima del dinero o el éxito profesional.
Una explicación accesible en español puede leerse aquí, en El País:
https://www.elpais.com.co/salud/harvard-revelo-el-secreto-de-la-felicidad-tras-80-anos-de-investigacion-0634.html
En la misma línea, la Organización Mundial de la Salud ha subrayado en distintos informes que el bienestar emocional y la salud mental están profundamente ligados a los vínculos sociales y al sentido de pertenencia, no al nivel de consumo o posesión.
Resumen en castellano:
https://www.who.int/es/news-room/fact-sheets/detail/mental-health-strengthening-our-response
Además, estudios en psicología social recogidos por universidades españolas muestran que el materialismo elevado se asocia con más ansiedad, más estrés y menor satisfacción vital. Un ejemplo divulgativo basado en investigaciones académicas puede encontrarse en este artículo de The Conversation España, firmado por investigadores universitarios:
https://theconversation.com/nuevo-estudio-uno-de-cada-ocho-menores-en-espana-tiene-un-problema-de-salud-mental-272285
La ciencia no habla de renunciar. Habla de dónde ponemos el foco.
Respirar como acto de conciencia
Hay algo tan básico que solemos olvidarlo: respirar. Poder llenar los pulmones. Soltar el aire. Sentir el cuerpo vivo.
Si puedes hacer eso, tienes vida.
Y si tienes vida, tienes tiempo.
Tiempo para abrazar.
Tiempo para escuchar.
Tiempo para ayudar sin pedir nada a cambio.
Tiempo para elegir qué tipo de persona quieres ser.
No es poco. Es la base de todo lo demás.
Ser buena persona no es algo menor
Hemos trivializado la idea de ser buena persona. La damos por hecha. Como si no tuviera mérito.
Y sin embargo, en un mundo acelerado, competitivo y muchas veces egocentrado, ser buena persona es una elección consciente y valiente. No es ingenuidad. Es fortaleza silenciosa.
Es cuidar cuando podrías pasar de largo. Escuchar cuando podrías imponer. Tender la mano sin calcular el retorno.
No suele tener aplausos.
Pero sostiene relaciones.
Y las relaciones sostienen la vida.
Quizá no te falte nada esencial
Puede que no tengas todo lo que deseas. Eso es humano. La pregunta importante es desde dónde nace ese deseo.
¿Desde la ilusión o desde la comparación?
¿Desde el propósito o desde el ego?
Si hoy puedes respirar, sentir, querer y ser querido, tienes una base enorme sobre la que construir. Tal vez no sea momento de perseguir más, sino de mirar mejor.
Porque cuando dejamos de vivir desde lo que falta, algo se recoloca por dentro. El ego pierde fuerza. La vida gana espacio.
Para cerrar, una conversación necesaria
No escribo esto para dar respuestas cerradas. Lo escribo para abrir una conversación honesta.
Me gustaría leerte.
¿En qué momentos sientes que el “no tengo” te gobierna más de lo que te gustaría?
¿Dónde has notado que has dejado de valorar lo esencial por estar mirando lo que falta?
Creo de verdad que cuando hablamos de esto con sinceridad, también estamos cuidando nuestras relaciones.
Y al final, de eso va todo.

